LabEco › Historia Económica de América Latina › El nuevo orden neocolonial: regímenes económicos del siglo XIX
Módulo 3 · Sección C · Tema 3
El nuevo orden neocolonial: regímenes económicos del siglo XIX
Brasil se independizó de Portugal en 1822. Y sin embargo, durante los siguientes cincuenta años, importó más esclavos africanos que en cualquier otro período de su historia colonial. ¿Qué tan real fue, en términos económicos, la ruptura que representó la independencia latinoamericana?
Independientes en la política, atrapados en la vieja estructura económica
Entre 1800 y 1850, bien entrada, en la mayoría de los países, la era de las repúblicas independientes, Brasil importó aproximadamente 1,35 millones de personas esclavizadas más desde África, cerca del 38% de todos los esclavos traídos al país entre 1600 y 1800 en apenas esos cincuenta años posteriores. Cuando las rutas de suministro africano enfrentaron obstáculos internacionales (por la presión británica contra el tráfico esclavista), tanto Brasil como Cuba desarrollaron sus propios criaderos internos de personas esclavizadas, una práctica que, en 1854, el Real Consulado de Cuba llegó a elogiar públicamente como un 'acertado sistema de conservación y reproducción'.
Este dato incómodo revela algo central para entender el siglo XIX latinoamericano: la independencia política, lejos de disolver de inmediato las estructuras económicas heredadas de la colonia (la esclavitud, el latifundio, la servidumbre), a menudo las profundizó. Este tema recorre ese 'nuevo orden', formalmente republicano, pero económicamente muy parecido en muchos aspectos al que existía antes de 1810, que dominó buena parte de América Latina durante el siglo XIX.
Una 'clase feudal' disfrazada de burguesía republicana
El pensador peruano José Carlos Mariátegui, analizando el siglo XIX de su propio país, describió con precisión esta continuidad: la vieja clase terrateniente colonial no desapareció con la independencia, simplemente cambió de vestimenta política, conservando en la práctica el mismo poder social y económico que tenía antes. Fenómenos similares se repitieron, con variaciones locales, en gran parte del continente: en México, el número total de haciendas creció de 3.749 a 6.953 entre 1810 y 1854, mediante la compra de tierras a españoles expulsados, el despojo de comunidades indígenas y la ocupación de tierras nacionales baldías, con la Iglesia católica ampliando también considerablemente sus propias propiedades; en Centroamérica (con la excepción parcial de Costa Rica), se restablecieron diezmos, primicias y otras instituciones económicas de raíz colonial y hasta medieval.
En Haití, el único país donde el proceso de independencia tuvo raíces genuinamente populares, liderado por antiguos esclavizados, el Estado confiscó inicialmente entre el 66% y el 90% de las tierras cultivadas que habían pertenecido a la Corona francesa y a los colonos, convirtiéndolas en propiedad estatal, un caso único en América Latina. Sin embargo, los nuevos gobiernos haitianos adoptaron después una política de constitución de grandes propiedades privadas a partir de esas tierras estatales, distribuidas entre jefes militares y funcionarios civiles negros y mulatos, generando, con el tiempo, una nueva aristocracia terrateniente allí donde la revolución había prometido justamente lo contrario.
«La antigua clase feudal —camuflada o disfrazada de burguesía republicana— ha conservado sus posiciones. La política de desamortización de la propiedad agraria iniciada por la revolución de Independencia... no condujo al desenvolvimiento de la pequeña propiedad... Sabido es que durante un siglo de república, la gran propiedad agraria se ha reforzado y engrandecido a despecho del liberalismo teórico de nuestra Constitución.»
José Carlos Mariátegui, citado en Agustín Cueva — 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (Lima: Biblioteca Amauta), citado en El desarrollo del capitalismo en América Latina (México: Siglo XXI Editores, 13.ª ed., 1990) (1990), p. 17. Cueva cita a Mariátegui (7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, 19.ª ed., Lima: Biblioteca Amauta, p. 51).
Una economía todavía apenas monetizada
Más allá de la propiedad de la tierra, gran parte de la economía latinoamericana del siglo XIX seguía funcionando con una monetización muy incompleta. En Nicaragua, por ejemplo, el cacao se usó como moneda divisionaria hasta 1900; durante buena parte del período republicano se siguieron usando medidas indígenas tradicionales ('cinco', 'mano', 'quince') para representar valores, y los propios comerciantes ricos, ante la falta de un signo monetario nacional estable, llegaban a acuñar sus propias monedas particulares. Situaciones similares, economías premonetarias en amplias porciones del territorio, coexistiendo con circuitos comerciales más monetizados en las zonas de mayor actividad exportadora, se repetían en gran parte de Centroamérica, el Caribe y el Altiplano andino.
Esta persistencia de estructuras precapitalistas, esclavistas, feudales o de economía de subsistencia, no fue un simple resabio pasajero: constituyó, según el análisis de Cueva, un obstáculo estructural real para el desarrollo económico de las nuevas naciones, en la medida en que ni el latifundio improductivo ni la economía de subsistencia campesina generaban el tipo de mercado interno amplio y monetizado que un proceso de industrialización habría requerido. Fue justamente sobre esta base heredada, una matriz económico-social todavía mayoritariamente precapitalista, que se asentaría, a partir de mediados del siglo XIX, la penetración del capital comercial y financiero inglés que vas a estudiar en la Sección D de este módulo.
Cuba, la excepción: cuando la economía de exportación sí despegó
No todo el continente vivió el siglo XIX con el mismo estancamiento estructural. Cuba, que, a diferencia del resto de Hispanoamérica, siguió siendo colonia española hasta 1898, tuvo durante buena parte del siglo una tasa de crecimiento exportador excepcional, basada en el azúcar, muy superior a la de cualquier república ya independiente de la región. El historiador Leslie Bethell atribuye ese éxito, en parte, a algo contraintuitivo: no fue la llegada de capital extranjero nuevo lo que impulsó el auge azucarero cubano, sino capital acumulado dentro de la propia isla y entre comerciantes españoles y peninsulares que emigraron allí tras la independencia de México y el resto del continente. Es decir, el mismo tipo de capital mercantil colonial que en el resto de Hispanoamérica se mantuvo estancado, en Cuba encontró condiciones para expandirse agresivamente.
«El éxito excepcional de la economía exportadora cubana fue el principal impulsor de las transformaciones de gran alcance que conoció la sociedad isleña, de las que el cambio en el equilibrio étnico no fue la menos importante. En la Hispanoamérica continental, la economía de exportación —que aún en las áreas más favorecidas no se expandió al ritmo de la cubana— influyó mucho menos en los cambios sociales ocurridos en la etapa que siguió a la independencia.»
Leslie Bethell — Historia de América Latina, 6: América Latina independiente, 1820-1870 (1990), p. 21
Dos lecturas del siglo XIX: la estructura agraria y la excepción exportadora
El siglo XIX latinoamericano puede mirarse desde dos preguntas distintas, y cada fuente responde una.
¿Qué clase mantuvo el poder? Mariátegui afirma que la antigua clase feudal, «camuflada o disfrazada de burguesía republicana», conservó sus posiciones: la desamortización de la propiedad agraria no creó pequeña propiedad y, durante un siglo de república, la gran propiedad se reforzó. Es una lectura de continuidad: la independencia cambió el discurso, no la estructura de la tierra.
¿Qué ocurrió donde la exportación sí despegó? Bethell señala que el éxito excepcional de la economía exportadora cubana impulsó transformaciones de gran alcance en su sociedad, mientras que en la Hispanoamérica continental la economía de exportación influyó mucho menos. Es una lectura de contraste: donde la exportación se expandió con fuerza, la sociedad cambió; donde no, la estructura heredada pesó más.
Las dos lecturas se complementan: una explica por qué el cambio fue débil en la mayor parte del continente y la otra, qué ocurre cuando las condiciones son distintas.
Preguntas para pensar
- Mariátegui (vía Cueva) explica por qué la independencia NO cambió la estructura de poder agrario en la mayoría de los países; Bethell explica por qué Cuba SÍ tuvo, en cambio, una expansión económica excepcional durante el mismo siglo. Usando ambos autores, construye una explicación de qué le faltó al resto de Hispanoamérica y qué tuvo Cuba a favor — ¿por qué la excepción cubana confirma, en vez de contradecir, el diagnóstico de Mariátegui sobre el resto del continente?
- ¿Por qué crees que la independencia política resultó tan insuficiente, en la mayoría de los países, para transformar las estructuras económicas heredadas de la colonia?
- El caso de Haití muestra que incluso una revolución con raíces genuinamente populares terminó reconstituyendo una forma de aristocracia terrateniente. ¿Qué te dice esto sobre qué tan difícil es transformar estructuras económicas profundamente arraigadas, más allá de la voluntad política inicial de quienes lideran un proceso de cambio?
- Cueva conecta la debilidad del mercado interno latinoamericano del siglo XIX con la persistencia de estructuras precapitalistas. En D.1 vas a ver cómo el capital inglés se relacionó con esta economía todavía mayoritariamente agraria y poco monetizada. Antes de leerlo, ¿qué tipo de relación esperarías, de fortalecimiento del mercado interno, o de aprovechamiento de su debilidad?
Ejercicios y simulaciones de este tema
- Estructura heredada y excepción exportadora
- Las estructuras coloniales que sobrevivieron a la independencia
- Comprueba lo aprendido
Los ejercicios, las simulaciones y la autoevaluación funcionan en la plataforma LabEco.