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LabEco › Economía Política I › Los límites de la jornada de trabajo

Módulo 20 · Sección E · Tema 5

E.5 Los límites de la jornada de trabajo

¿Quién decide cuántas horas dura un día de trabajo cuando el capitalista y el obrero tienen, cada uno, un derecho?

Huanuni, 17 de noviembre de 1919: ocho horas sin huelga

Entre 1918 y 1922, en Uncía-Llallagua, Corocoro, Colquiri, Huanuni, Chocaya, Tasna y Telamayu, los reclamos de los mineros se repetían: jornada de ocho horas, aumento de salarios, rebaja de los precios de la pulpería y fin de las multas arbitrarias (Historia Económica de Bolivia, C.1). En Uncía, en octubre de 1919, el conflicto por los jornales y las multas terminó con tres obreros muertos por arma de fuego. En Huanuni, en cambio, el 17 de noviembre de 1919 se firmó un convenio que estableció la jornada de ocho horas sin necesidad de huelga.

Nadie discutía que la jornada tenía que ser más larga que el tiempo necesario para reponer el salario: sin un excedente no habría empresa. Lo que se discutía era cuánto más. Y esa discusión no se resolvía con una fórmula, sino con una correlación de fuerzas. Este tema estudia por qué.

La jornada: una magnitud variable con límites

En una sociedad en la que domina el modo de producción capitalista, la jornada de trabajo debe superar el tiempo de trabajo necesario; si no, no habría capital. Para empezar, se supone que el TTN es constante, es decir, que el valor diario de la fuerza de trabajo no cambia. Lo que varía es el tiempo excedente.

Si el TTN es de 6 horas y la jornada se prolonga 1, 3 o 6 horas por encima de éste, se obtienen tres jornadas distintas de 7, 9 y 12 horas. La tasa de plusvalor de cada una es la relación entre el tiempo excedente y el necesario:

Jornada I: TTE ÷ TTN = 1 ÷ 6 = 16,7%          (la jornada dura 7 horas)
Jornada II: TTE ÷ TTN = 3 ÷ 6 = 50%          (la jornada dura 9 horas)
Jornada III: TTE ÷ TTN = 6 ÷ 6 = 100%          (la jornada dura 12 horas)

La tasa de plusvalor por sí sola no dice cuánto dura la jornada: una tasa del 100% puede corresponder a 8, 10 o 12 horas. La jornada laboral no es, por tanto, una magnitud constante sino variable. Una de sus partes, el tiempo necesario, está determinada; la otra, el plustrabajo, está indeterminada en sí y para sí.

Límite mínimo. No hay un mínimo determinable: la jornada debe superar el TTN, pero no hay un valor fijo por encima de él.

Límite máximo. Sí existe, y tiene dos orígenes:

Un límite físico. Un día natural tiene 24 horas: es el límite absoluto, que viene de la naturaleza. Pero nadie puede trabajar 24 horas diarias de manera sostenida: debe dormir (unas 8 horas), alimentarse (unas 3) y asearse (alrededor de 1). Quedan unas 12 horas como máximo de trabajo.

Un límite social. Las personas necesitan tiempo para satisfacer necesidades espirituales y sociales (reuniones, vida comunitaria, religión), cuya extensión depende del nivel de civilización: unas 2 horas. Con eso, el límite máximo físico y social ronda las 10 horas.

Ambos límites son, sin embargo, muy elásticos: Marx documenta jornadas de 8, 10, 12, 14, 16 y 18 horas.

Cita textual
«La jornada laboral no es, por tanto, una magnitud constante sino variable.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 278

Cita textual
«Ese límite máximo está determinado de dos maneras. De una parte, por la barrera física de la fuerza de trabajo.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 279

Cita textual
«Aparte ese límite puramente físico, la prolongación de la jornada laboral tropieza con barreras morales.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 279

El impulso del capital: absorber la mayor masa posible de plustrabajo

El capitalista compró la fuerza de trabajo por su valor diario. Le pertenece, por tanto, el valor de uso de esa fuerza durante una jornada: tiene el derecho de hacer que el obrero trabaje para él durante un día. El capital, personificado en el capitalista, tiene un solo impulso vital: valorizarse, absorber con su parte constante la mayor masa posible de plustrabajo. Por eso busca, siendo el TTN constante, extender la jornada: de ese modo el tiempo excedente aumenta, y con él la tasa de explotación y la tasa de plusvalor.

TTN | TTE
TTN | TTE ampliado
TTN | TTE más ampliado
TTN | TTE llega hasta el límite del día natural

El límite, en última instancia, es el día natural de 24 horas.

La competencia refuerza el impulso: ningún capitalista, individualmente, puede reducir la jornada sin quedar en desventaja frente a otros. La competencia obliga a explotar.

La historia lo confirma. Desde el siglo XVI y hasta la primera mitad del siglo XIX, la jornada se fue extendiendo, con apoyo estatal (leyes que favorecían la extensión) hasta llegar a las 18 horas diarias. Con eso se ignoró el límite social y se sobrepasó el límite físico, de unas 12 horas. Según Marx, fue un proceso que trituró vidas humanas.

Cita textual
«El capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor, de absorber, con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 279

Cita textual
«El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), pp. 279-280

El derecho del obrero: una fuerza de trabajo con duración normal

Desde la perspectiva de los obreros, la fuerza de trabajo es la única mercancía que poseen. Por eso tienen el derecho de preservarla para que dure lo normal. Marx lo dramatiza dándole la palabra al obrero: "Exijo la jornada normal de trabajo porque exijo el valor de mi mercancía, como cualquier otro vendedor".

Un ejemplo permite verlo con números. Supón (cifras ilustrativas) que la vida laboral normal va de los 15 a los 55 años: 40 años, o 40 × 365 días de trabajo. Cada día de trabajo consume entonces una fracción del total de la vida laboral:

Cn = 1 ÷ (40 × 365) = 0,000068          (consumo diario normal)

Si, en cambio, el trabajo excesivo acorta esa vida laboral a 15 años:

Ce = 1 ÷ (15 × 365) = 0,00018          (consumo diario excesivo)

La relación entre ambos es:

Ce ÷ Cn = 0,00018 ÷ 0,000068 = 2,67

Es decir, un consumo diario casi tres veces mayor que el normal. Se trata de un desgaste prematuro: una expoliación de la fuerza de trabajo. La utilización y la expoliación son cosas muy distintas: lo que el capitalista gana de más en un día, lo pierde el obrero en sustancia vital.

El cálculo de Marx usa otras cifras con la misma lógica: si un obrero medio, trabajando racionalmente, puede vivir 30 años, su fuerza de trabajo se consume cada día a razón de 1 ÷ (365 × 30) = 1 ÷ 10.950 de su valor total. Pero si se la consume en 10 años, el pago diario de 1 ÷ 10.950 debería haber sido 1 ÷ 3.650: el obrero recibe solo la tercera parte del valor de lo que entrega, y "le roban" las dos terceras partes.

Cita textual
«Exijo la jornada normal de trabajo porque exijo el valor de mi mercancía, como cualquier otro vendedor.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 281

Derecho contra derecho: la lucha de clases por la jornada

El capitalista tiene el derecho de consumir la fuerza de trabajo que compró; el obrero tiene el derecho de preservarla. Ambos derechos se apoyan en la misma ley: la del intercambio de mercancías. Se produce una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio. Entre derechos iguales decide la fuerza.

Por eso, en la historia de la producción capitalista la reglamentación de la jornada laboral se presenta como una lucha en torno a sus límites: una lucha entre el capitalista colectivo, la clase de los capitalistas, y el obrero colectivo, la clase obrera. Es una guerra civil encubierta. Cuando la correlación de fuerzas favorece a los capitalistas, la jornada se extiende; cuando favorece a la clase obrera, se reduce.

Los obreros no pueden resolverlo por contratos individuales: "tienen que confederar sus cabezas e imponer, como clase, una ley estatal", una barrera social infranqueable que les impida venderse a sí mismos y a su descendencia por medio de un contrato libre con el capital. Cuando esa ley llega, el pomposo catálogo de los "derechos humanos inalienables" es reemplazado por la modesta *Magna Charta* de una jornada laboral restringida por la ley, que pone en claro cuándo termina el tiempo que el obrero vende y cuándo comienza el que le pertenece a sí mismo.

Incluso desde el punto de vista del propio capital, observado de manera amplia, convendría una explotación normal de la fuerza de trabajo; pero la competencia no lo permite, y por eso hacen falta leyes.

Cita textual
«Tiene lugar aquí, pues, una antinomia: derecho contra derecho, signados ambos de manera uniforme por la ley del intercambio mercantil. Entre derechos iguales decide la fuerza.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 282

Cita textual
«De esta suerte, en la historia de la producción capitalista la reglamentación de la jornada laboral se presenta como lucha en torno a los límites de dicha jornada, una lucha entre el capitalista colectivo, esto es, la clase de los capitalistas, y el obrero colectivo, o sea la clase obrera.»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 282

Cita textual
«[...] hace ahora su aparición la modesta Magna Charta de una jornada laboral restringida por la ley, una carta magna que "pone en claro finalmente cuándo termina el tiempo que el obrero vende, y cuándo comienza el tiempo que le pertenece a sí mismo".»

Marx, K. — El capital: crítica de la economía política (Libro primero: El proceso de producción del capital) (2008), p. 365

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